QUIERO
RESPIRAR
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Quiero Respirar, mariposas azules a tu alrededor. |
Capítulo 1.
Domingo, 10 de
febrero de 2013.
El ruido del
despertador empezó a martillear su cabeza. Sabía que la fiesta le
pasaría factura, sus amigas eran tremendas y desde hacía un mes sus salidas eran un auténtico desfase.
De
camino a la ducha sonrió al recordarlas, le iría
bien el agua y un café cargado para despejarse, el día sería duro, los turnos
de veinticuatro horas en las urgencias de un hospital siempre lo eran.
Bajó al garaje para coger su coche, un Mini blanco al que le tenía mucho cariño, lo único
con lo que se quedó después de que Nando le rompiera el corazón a pedazos. Tenía gracia, él que era cirujano cardiovascular y se ganaba
la vida arreglando corazones, había destrozado el suyo de tal manera que era incapaz de saber cuánto tardaría
en recuperarse.
Ver
a Nando con la residente en su despacho era una imagen que no olvidaría, y el motivo que hizo que tomara la
determinación de no saber nada de hombres por una larga temporada. Se centraría
en su carrera y se divertiría con sus amigas.
Ese mismo día cogió todas sus pertenencias y abandonó el fabuloso ático en la Ciudad de
las Ciencias para volver
a su pisito de soltera. Gracias a la
recomendación de su amiga Julia, se quedó con él y no le hizo caso a Nando cuando insistió en que lo vendiera. Ella y su idea
sobre los hombres. Sonrió al recordarla.
Aquella situación era dura para Mandy, que con tan
solo veinticinco años y muy pocas experiencias amorosas, se coló por él como una tonta en su
primer año de residencia.
Para ella su
carrera había sido su mayor
prioridad. Desde muy pequeña la medicina formaba parte
de ella.
Nando
era ocho años mayor que ella y
acababa de ascender, convirtiéndose en adjunto del doctor Méndez, cirujano
cardiovascular, justo el año en que ella comenzaba el primer año como residente.
Él era un hombre de pelo negro y ojos entre marrones y verdes. De esos que
cuando te miran consiguen que tu corazón se detenga y no vuelva a funcionar hasta que no escuchas de
nuevo su voz. Todo el hospital bebía
los vientos por él, pero Nando se había fijado en ella por su aire despistado, timidez
y esa ternura que la envolvía, y que hacían de Mandy un ser angelical. Ella era
una chica de estatura mediana, pelo largo y castaño, ojos color chocolate y una
figura delgada que por genética había heredado de su madre, pues no era algo
que cuidara demasiado.
Se conocieron hacía ya cinco años y en tan solo seis meses se fueron a vivir juntos. El sonido de un
claxon la sacó de sus pensamientos,
sacudió la cabeza y centrándose en
el tráfico comenzó a tararear aquella canción que tanto le gustaba: “Amiga
mía, princesa de un cuento infinito,
Amiga mía…” Alejandro Sanz era uno
de sus cantantes favoritos.
Al llegar a
su plaza de aparcamiento en el
hospital, las campanitas del móvil sonaron dentro de su bolso. Por lo visto, las locas de sus
amigas se habían despertado y estaban poniéndose al día de
lo acontecido la noche anterior.
Al sacarlo del bolso alucinó al comprobar que tenía ochenta y nueve
mensajes de WhatsApp que tenía sin leer
en el grupo de las Sex. Desde luego sí que les cundía. Pero
ellas y sus locuras eran el bálsamo necesario para curar y cicatrizar sus
heridas.
De camino al ascensor leyó y rio con todos los
mensajes. Al entrar en él, no se dio ni cuenta de que Nando estaba allí,
imponente y con ese aroma varonil característico.
Al sentir su fragancia levantó
los
ojos de la pantalla para chocar de lleno con los de él. Aún
le afectaba verlo. Necesitaba olvidarlo, que dejara de afectarle… pero trabajar en el mismo hospital lo hacía bastante complicado.
—Buenos días, Mandy.
—Buenos días
—contestó con un hilo de voz y mordiéndose la lengua para no decirle
que, desde luego, su día había dejado de ser bueno en ese
mismo momento.
El silencio se
hizo entre ellos, Mandy rezaba para
que el maldito trasto subiera lo más aprisa posible y poder alejarse de ese aroma que
tantos recuerdos le traía.
Al abrirse las puertas, Nando la cogió del brazo para evitar que saliera.
—Mandy, tenemos
que hablar, yo te quiero, déjame volverte a conquistar,
deja que todo vuelva a ser como era antes.
—¡Suéltame! No vuelvas a poner
tu
mano sobre mí y no vuelvas a pedirme una oportunidad. Sabes muy bien que aquel día todo acabó —bramó ella con toda la fuerza y la ira que fue capaz de
acumular—. Adiós, Nando.
Salió
del ascensor a duras penas, aún le
temblaban las piernas y su brazo
ardía por su contacto. «¿Cómo podía ser tan tonta después de lo que le hizo?», se
reprochó. Tal y como Julia decía, tendría que sacar ese clavo con otro clavo.
Sin entretenerse llegó a su consulta, José ya la esperaba. Su enfermero parecía que vivía allí, nunca conseguía llegar antes
que él.
—Buenos días, mi
niña, por tu cara se diría que has visto al
mismísimo fantasma de la
ópera.
—Algo así, José —contestó ella—. ¿Cómo se presenta el día?
—Aún es pronto, a lo
largo del sábado se nos llenará el chiringuito como si regaláramos
patatas, mi niña.
Le pasó los historiales y se
dirigió a llamar al primer paciente mientras Mandy respiraba e intentaba
quitarse de la cabeza la imagen de Nando y sus palabras.
El día trascurrió tranquilo, con algún caso grave
durante la jornada. A las diez de la noche mientras cenaba enviaba WhatsApp a
sus amigas. Ahora que la consulta estaba tranquila aprovecharía para descansar
un rato, en urgencias nunca se sabía que podía suceder.
Caminó a la sala de descanso y no pudo evitar mirar
hacia el despacho de Nando, su mente
se llenó de imágenes de aquel fatídico día
de hacía tan solo un mes.
Era principios de
enero. Su amiga Ro que trabajaba en una agencia de viajes, la convenció para que reservara una habitación en el hotel Spa VILLA GADEA en Altea‐Alicante.
Al terminar la guardia recogería a Nando y lo
sorprendería con aquel fin de semana. Aprovechó un
parón en la sala de urgencias para ir a descansar. Decidió hacerlo en el despacho de
Nando, el sitio era más tranquilo.
Al abrir la puerta
del despacho se quedó petrificada,
el corazón se le rompió de golpe en mil pedazos y sus pulmones se cerraron impidiéndole respirar.
Allí frente a sus ojos estaba Nando follándose a una residente.
«¡Menudo cabrón!».
Lo acababa de pillar follando con esa niñata residente que se cepillaba a medio hospital.
El ruido del
móvil al chocar contra el suelo hizo que Nando
se percatara de su presencia. Como pudo se apartó de la residente y se subió los pantalones. Para
entonces, Mandy había podido hacer llegar aire a sus pulmones y había dado la orden correcta a sus piernas para poder abandonar ese lugar. Justo al
salir se tropezó con Andrés, su residente de segundo año, que la cogió antes de
que ella cayera al suelo.
—Mandy, ¿qué pasa? ¿De qué huyes así?
En ese momento Nando ya los alcanzó.
—Mandy, por favor, deja que te explique.
Ella miró a Andrés
y se dirigió a él con voz alterada.
—Dile que
no quiero saber nada de él.
Y sin más se
dirigió hacia la cafetería. Pidió un
poleo-menta para aplacar las náuseas
que le daban pensar en lo que acababa de presenciar.
Andrés llegó hasta ella.
—Mandy,
El doctor Figueruelas me dio esto. ¿Si necesitas hablar?
—No,
Andrés, gracias. Estoy mejor, déjalo, tenemos que seguir
con nuestro trabajo.
Acabó
la guardia con toda la dignidad de la que fue capaz, en algún momento los ojos
se le llenaron de lágrimas y la rabia la comía por dentro, pero sus niños eran
lo primero y por ellos era de aguantar el tipo hasta el final.
A las nueve
de la mañana salió del hospital, no sabía dónde ir o qué hacer. Solo tenía una
cosa clara, no volvería a casa con él.
Se paró a pensar dónde podría ir y sin darse cuenta
estaba en la puerta de casa de su
amiga Patricia.
Sabía que ella madrugaba y su novio ese fin de
semana estaba en una convención de karatecas,
por lo tanto estaría sola.
A casa
de Ro no podía ir, era sábado y
estaría con Alberto y con la niña. A
Julia ni de coña, seguro que aún estaba
en la cama con el pibonazo de turno.
Pat desayunaba
tranquila mientras disfrutaba de la
nueva trilogía erótica que leían todas a la vez. Les gustaba tener su
propio club de lectura, y poder comentar y
babear con el impresionante protagonista que salía en ellas.
El timbre sorprendió a Pat que tras abrir se
encontró a Mandy con la cara
desencajada y los ojos rojos
de tanto llorar. Soltó un grito ahogado
y abrazándola la hizo entrar. La llevó hasta el comedor y la invitó a sentarse en el sofá.
—Mandy, perla, ¿qué pasa? ¿Qué te ocurre?
Ella no podía contestar, lloraba sin poder articular palabra. Pasado un rato, por fin, respiró hondo
y pudo pronunciar en voz alta la
temida frase.
—Acabo de pillar
al cabrón de Nando follándose a la residente.
Al decirlo sintió como si el filo de un cuchillo le
cortara las entrañas.
—¡Joder, menudo cabrón! —exclamó Pat—. Pero tú
no te
preocupes corazón, todo se va a solucionar.
De inmediato tecleo un mensaje en las Sex para una Terapia Tequila urgente, eso era justo lo que necesitaba Mandy. De esa manera, era como las chicas combatían sus heridas de guerra.
A la
media hora Ro ya estaba en casa de Pat, por suerte
Alberto no trabajaba los sábados y se
había podido quedar con Aitana, su
niña de tres años.
Diez minutos después, sonó de nuevo el timbre y
apareció Julia con su perfecta melena rubia y ondulada.
—Vamos a ver, qué
coño es tan urgente para que haya tenido que tirar de mi cama al pibón del stripper que anoche me hizo mirar a Cuenca.
—¡Joder, Julia! Córtate un poco guapa —la amonestó Pat.
Al entrar en el comedor, Julia observó alucinada la estampa que había. Pat la miraba
con cara de pocos amigos, Ro estaba
sentada al lado de Mandy que tenía cara de haber llorado por lo menos doce días seguidos.
—Pero ¿qué coño pasa? —se sorprendió Julia.
—La versión
breve; Mandy ha pillado al hijo de puta de Nando follándose a su residente —apuntó Ro.
—¡Cabrón! ¡La
madre que lo parió! Te lo dije
Mandy… Te dije que
ese tío no era trigo limpio. Y tú vas y te enamoras
de él como una boba…
—¡Joder! Ya vale Julia. Podrías ser un poco más sutil y tener más empatía —amonestó Pat cabreada y hasta los cojones de ella y sus comentarios fuera de tono.
—Chicas no
peleéis… —pidió Mandy.
En verdad no
entendía cómo podían ser tan amigas con lo diferentes que llegaban a ser. Pat era
defensora del amor y las historias con finales
felices. Ro vivía en su mundo ideal con su marido
perfecto, y siempre intentaba sacar el lado positivo de las cosas. Y Julia era Julia, una devora-hombres
que afirmaba que estos estaban en el mundo para usarlos y tirarlos, y
que el amor era una gilipollez que alguien
se inventó para
llegar al sexo. Ella era más directa y siempre cogía un atajo.
Pero lo cierto es que desde el día que se conocieron en la clase de baile, hacía ya diez años, se volvieron inseparables.
Por aquel entonces, Julia era la profesora de baile en el pub El Patio, donde Ro y
Pat asistían como alumnas y Mandy llegó de la mano de su compañero
de facultad que en ese momento era el follamigo de Julia. Y fue allí
donde, además de aprender a bailar el tango y el chachachá, se fraguó una amistad que había traspasado
límites. A día de hoy eran como una pequeña familia que se ayudaban y protegían. Mandy estaba orgullosa de cada una de sus amigas,
sin ellas nada sería lo mismo. Porque aunque se enfadaban y discutían por su
diversidad de caracteres, siempre acababan abrazándose y unidas.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Ro.
—¿Cómo que qué
piensa hacer? Lo primero cortarle los huevos y preguntarle después.
Todas rieron con la sugerencia de Julia, había llegado el momento de la Terapia Tequila.
Después de cuatro tequilas, Mandy se encontraba más
animada, les hizo saber que ese mismo día cogería sus cosas
del ático de Nando y se mudaría
a su antiguo piso.
—¡Esa es mi
guerrera! —gritó Julia, y todas rieron y bebieron.
❤❤❤
Daniel
terminó de acostar a Hugo, no había
pasado un buen día, estaba resfriado y le costaba bastante respirar.
Abrió una
cerveza y se sentó en el sofá. Dio un sorbo mientras pensaba en cómo se
le había complicado la vida.
Él era un policía nacional enamorado de su
trabajo. Siempre quiso ser policía, había
trabajado duro para superar las pruebas de acceso y conseguir su plaza.
Él
y su hermano estaban unidos, tenían las mismas pasiones; ser policías, las motos
y las mujeres. Lo cierto era que a su
hermano lo engancharon bien
enganchado y desde que se había casado y nacido Hugo, su sobrino,
las motos y las mujeres pasaron a un segundo plano.
En agosto
haría un año de la tragedia. Todo cambió durante una redada para detener a uno
de los traficantes de droga más importantes de la costa alicantina. Su vida se transformó
al ser víctimas de una emboscada, en la que su hermano resultó muerto y su
cuñada herida de gravedad. Por eso, mientras la madre de Hugo siguiera en coma,
Daniel tenía que hacerse cargo del petardo de su sobrino.
No
entraba en sus planes cuidar de un
niño de siete años, pero no tenía otro remedio. Ese niño era su familia,
su debilidad y lo único que le quedaba.
No estaba solo, contaba con su vecina Antonia, una señora mayor, viuda y muy amante de los
niños, que le ayudaba con Hugo cuando estaba
de servicio.
Seis
meses sin echar un polvo era demasiado tiempo. Solo trabaja y cuidaba del niño
y tenía que poner remedio a esa situación, pues él era un hombre con una
sexualidad activa y tanta inactividad lo mataba.
Esa noche, Mandy estaba de guardia. Era una noche
bastante tranquila, por lo que se retiró a descansar un poco y a seguir con la
lectura de una de sus novelas, en ello
estaba cuando José la llamó al móvil.
—¿Sí,
dime? —contestó Mandy a la llamada.
—¡Mi niña, corre!
Tenemos una urgencia de extrema gravedad, un niño de siete años que boquea como un pez.
—¿Le has puesto el
pulsioximetro?
—Se lo ha puesto
Andrés. No cogía señal, no debe llegar al ochenta por ciento, no me gusta nada
el color que tiene. ¡Corre!
Mandy
corrió por todo el pabellón del
hospital como alma que lleva el diablo. Cuando llegó, el panorama era horrible, el niño
estaba de color gris, no le llegaba el oxígeno a los pulmones, tenía una
saturación del noventa y nueve por ciento y su residente Andrés ya le había
puesto una nebulización de Salbutamol con oxígeno.
—¡No aguantará, Andrés! ¡Ya no tiene casi esfuerzo
respiratorio! ¡Rápido! —gritó Mandy—. ¡Tenemos
que intubar!
Con los nervios de acero
que en esos momentos la caracterizaban, Mandy intubó
al niño y lo estabilizó. Después
avisó a los intensivistas que a toda prisa lo llevaron a la UCI. Cuando
los intensivistas salieron de la sala con el niño, Mandy se percató de que en uno de los asientos
había un hombre sentado con la cabeza
apoyada en las piernas. Se fijó un poco más y se dio cuenta de que sollozaba.
Había llegado el momento de informar a los familiares.
Se acercó a él y, poniéndole una mano en el hombro,
le preguntó:
—¿Se encuentra bien?
Daniel levantó la
cabeza y sus miradas se encontraron. Él pudo ver
la mirada de un ángel y su corazón
comenzó a latir más aprisa a cada segundo que la miraba. No era el momento de
sentir aquello, estaba claro, pero era lo que sentía. Ella se quedó impactada por sus ojos azules
y su pelo moreno alborotado.
—Sí,
gracias. ¿Y Hugo? —quiso saber.
—¿Es
usted el padre o un familiar del niño?
Daniel
asintió con la cabeza.
—El niño está estable.
Se lo acaban de llevar a UCI —prosiguió Mandy—. Hugo ha sufrido
un episodio de bronco espasmo bastante grave. La dificultad respiratoria que
presentaba nos ha obligado a intubarle, ahora tendrá que permanecer conectado a
respiración artificial hasta que podamos mejorarlo.
—Gracias
doctora —miró su bata y leyó su nombre—. Mandy, no sabe lo
que le agradezco lo
que ha hecho por él, es un niño muy
especial. Por favor, no deje que le ocurra nada, es lo único que tengo.
—No
se preocupe, todo irá
bien. Se lo prometo. Ahora mi compañero lo acompañará y en unas
horas le informarán de la situación de Hugo. Y usted intente
descansar, lo necesita.
Mandy se
dio media vuelta y se dirigió hasta
Andrés para pedirle que acompañara al
padre del niño a la UCI. Daniel se
quedó mirándola perplejo, aquella mujer tenía algo especial.
Así, sin
dejar de pensar en ella, Andrés lo
sorprendió al acercarse.
—Señor, ¿me acompaña si es tan amable? Le
indicaré.
—Sí, claro —contestó Daniel sin dejar de observar aquella mujer capaz de tambalear su
mundo.
Capítulo 2.
¡Por
fin terminó su turno! Menudo día para tener resaca. Estaba muerta, aún le
temblaba el cuerpo cuando pensaba en ese pobre niño que a punto estuvo de
morirse en sus manos y no se quitaba de la cabeza a su desolado padre, se veía tan
asustado y perdido… Si hasta tuvo que reprimir las ganas de abrazarlo. Recordar
cómo la miró la hizo estremecer. Era difícil olvidar la intensidad de esa
mirada tan azul. Pero ese hombre era terreno prohibido, hombre con mujer e hijo,
igual a nada de nada, se dijo al tiempo que movió la cabeza e intentó deshacerse
de tal sensación.
Y
después estaba el encuentro con Nando en el ascensor, ¿cómo era posible que
después de lo que había pasado aún se planteara siquiera reconquistarla? Tanto
tiempo con ella y qué poco la conocía.
En ese
último mes, no había pasado ni un día que no hubiera recibido WhatsApp o
correos de él, que por supuesto, ella borraba sin leer. También intentó hablar
con ella en el hospital, pero no lo consiguió.
«¿Pero
qué se pensaba? ¿Qué lo iba a perdonar una vez más? ¡Pues no!» La verdad que
Nando cambió mucho en los últimos cinco años. Nada que ver con aquel hombre
apuesto y encantador del que se quedó prendada.
Si su
familia y sus amigas supieran lo que pasó esos últimos años, no le perdonarían
que hubiera seguido con él. ¿Y por qué lo había hecho? Ni siquiera ella lo
sabía, pero algo le hacía perdonarlo y seguir a su lado, era como una adicción.
No lo entendía, quizás por su inexperiencia.
«¡Ufff!»,
pensó al llegar a su casa. Su familia aún no sabía nada. Era el momento de
informar a sus padres que no estaban juntos.
Sus
padres se jubilaron al poco de empezar ella la residencia y vendieron su piso
de Valencia para marcharse a vivir a Ibiza. Su padre, era un militar retirado
al que le gustaba navegar. Y a su madre le encantaba el sol y la playa, era lo
único que le importaba en la vida junto a sus novelas románticas. De ahí que
Mandy se llamara Amanda, sus padres se habían enamorado con la canción de Te recuerdo, Amanda.
Cogió
el teléfono y llamó a su madre.
—Hola,
mamá.
—Hola,
Amanda, ¿qué tal todo, pequeña?
—Bien,
mamá. Mucho frío.
—Pues
no te lo creerás, pero estoy en la terraza tomando el sol.
—Mamá,
cuidado con el sol. Al menos usarás protección, ¿no?
—Nena
por Dios, no hagas de médico conmigo. Para eso ya están tus pacientes y yo tengo
bastante más edad que ellos.
—Vale,
pero ten cuidado. Por cierto, tengo que contarte una novedad. —Tomó aire, no
sabía cómo decírselo, pero tenía que hacerlo, así que soltó el aire que había
retenido en sus pulmones y lo dijo—. Nando y yo ya no estamos juntos.
—Pero,
cariño, ¿qué dices? Seguro que será una riña de enamorados.
Así era
su madre, una mujer que pensaba que todo en la vida eran finales felices. Poco
a poco, le contó a su madre la historia, eso sí, sin lujo de detalles.
Nando
la conquistó desde el primer momento con su presencia y su saber tratarla. Era el
típico hombre que toda madre querría para su hija.
Le
costó dar crédito a lo que escuchaba, y no se podía creer que aquel hombretón
pudiera hacerle algo así a su hija.
—Pero
pequeña, ¿tú estás bien?
—Sí,
mamá, tranquila, lo superaré. Además, las chicas cuidan de mí.
Eso
era cierto, su madre sabía que ellas eran su familia desde que Mandy se quedó
sola en Valencia y ellos se mudaron a la isla.
Les costó
tomar la decisión de irse, pero les tranquilizó saber que su hija no se quedaba
sola en Valencia, pues las chicas estaban muy unidas.
—Mandy,
cariño, cuídate y prométeme que cuando ese trabajo tuyo te deje, vendrás a
hacernos una visita.
—Sí,
mama, lo haré, tranquila. Dale un beso a papá, os quiero.
—Y
nosotros a ti pequeña. Te extrañamos a diario.
Colgó
el teléfono con un suspiro, sabía que eso afectaría a su madre y cabrearía a su
padre, pero no había solución.
El
sonido del timbre la sacó de sus cavilaciones. Fue a abrir y no miró quién era,
pensó que se trataría de alguna de las chicas. Abrió la puerta y allí estaba
él, perfecto como esa mañana en el ascensor. Por él parecían no pasar las
horas, ni siquiera el cansancio le dejaba huella.
Intentó
cerrar la puerta, pero metió el pie y se lo impidió.
—Mandy,
cariño, no puedes evitarme siempre. Tenemos que hablar y lo sabes —suplicó mientras
la miraba con intensidad—. Por favor, déjame entrar. Solo será un momento,
luego me iré y si no quieres saber más de mí no te volveré a molestar.
Tenía
que conseguir que ella le diera la oportunidad de hablarle, estaba convencido de
que si la tenía cerca y le hablaba con dulzura, conseguiría que las barreras
que ella había levantado cayeran.
Necesitaba
que volviera a su lado, y si para ello tenía que mentir mentiría. Pero nada iba
a impedir que ella no estuviera a su lado. Estaba dispuesto a todo.
Mandy
dudó, sabía que tenía que afrontar esa situación tarde o temprano. Era algo inevitable,
así que abrió la puerta y lo dejó entrar.
Él
intentó darle dos besos y ella se apartó. Tenía claro que esa vez sería
contacto cero, no dejaría que él usara sus artimañas. Esa vez era definitivo,
no quería volver con él bajo ningún concepto.
Entraron
al salón. Él la siguió de cerca, Mandy le indicó que tomara asiento en el
sillón y se sentó en el sofá de frente. No quería tenerlo cerca. Esperaba no
tener que arrepentirse de haberlo dejado pasar. Le tenía miedo.
Él la
miró, respiró hondo y comenzó a hablar.
—Mandy,
amor, lo que viste no tiene explicación, no sé qué me pasó en ese momento, no
intento justificar lo injustificable, soy un necio y me merezco tu desprecio, pero
sabes que te quiero, que eres todo lo que necesito para ser feliz, que sin ti
nada tiene sentido. Eres la única mujer en el mundo con quien quiero estar.
»Ella
se me insinuó, yo había salido de una operación a vida o muerte; estaba
cansado, alterado, frustrado. El paciente se nos había quedado en la mesa de
operaciones y ella se acercó a consolarme.
—Sí.
Doy fe de que te consoló y de que tú la consolaste a ella —espetó Mandy entre
dientes.
—Pero
no significó nada. Ella no es nada para mí, ni siquiera la he vuelto a ver.
»Nena,
soy un fantasma sin vida desde ese instante, la casa no es lo mismo sin ti, te
necesito por las noches, dormir contigo y pegarme a ti. Por favor, Mandy, dame
una oportunidad, te demostraré a ti y al mundo que eres la mujer de mi vida.
Mandy
calló, no podía creer que ese hombre fuera tan cara dura para contarle y decirle
todo eso. ¿Pero hasta dónde llegaba su insolencia?
Al ver
que ella no se movía ni respondía, se levantó y se acercó, estaba nervioso y
ella lo sabía. Se arrodilló frente a ella y con el dedo en la barbilla le levantó
su cara. Le era imposible descifrar lo que sus ojos le mostraban, quizás se
trataba de indiferencia, rabia, tormento, o quizás una mezcla de todo, pero
quería su perdón. Lo necesitaba.
—Mandy,
por Dios, amor, dime algo. Abofetéame, grita, pero reacciona. Cualquier cosa
menos tu indiferencia.
Ella
lo miró un largo rato en el que su historia pasó por delante, como en un cliché
de película, vio todo lo que sufrió y el momento en que lo pilló hacía un mes.
Pasados unos instantes apuntó:
—No,
Nando. No te voy a pegar, ni gritar y ni a darte otra oportunidad. Tú y yo
sabemos todo lo que ha pasado estos últimos años, sabías que esto acabaría
tarde o temprano. Ya me cansé de ser tu tabla de salvación, que esté enamorada
de ti no te da derecho a hacerme pasar por todo lo que me has hecho pasar.
»Tienes
un problema con las drogas y con el sexo, tú lo sabes. Te dije que eso acabaría
con tu carrera, con lo nuestro ya ha acabado y lo siguiente será tu carrera.
Estaba enamorada de ti, o eso creía. Ahora ya empiezo a dudarlo, pero estoy tan
cansada y tan decepcionada que ya no puedo seguir.
Una
lágrima resbaló por la mejilla de Mandy. Hacía tiempo que tenía que haber sido
valiente, se hubiese ahorrado todo el calvario vivido. Ya no había marcha atrás,
a pesar de no estar segura de cuándo se olvidaría de él.
Se
levantó enfurecido, no le gustaba saber que no había marcha atrás, que no lo perdonaba
y que no le daba ninguna oportunidad más, que nunca volvería con él.
Se comportó
como un león enjaulado y de repente bramó:
—¡Hostia,
Mandy! ¡No me jodas, no puedes hacerme esto! ¡Me dijiste que nunca me dejarías!
¡Eres una puta mentirosa! ¡Yo confié en ti!
Enfurecido
y fuera de sí cogió un jarrón y sin pensarlo siquiera, lo estampó contra la
pared.
Mandy
se acurrucó en el sofá, temblaba, no era la primera vez que lo veía así y sabía
que la situación acabaría muy mal.
En ese
mismo momento alguien llamó a la puerta.
Se miraron
y ella se levantó a abrir. De un empujón la tiró con violencia sobre el sofá.
Se le puso encima y tapándole la boca con la mano, se acercó a ella y le ordenó
al oído de manera amenazante:
—Ni
se te ocurra contestar.
El
timbre sonó, quién fuera que estuviese allí sabía que Mandy se encontraba en
casa.
A
Nando no le gustó aquella insistencia y se preguntó quién cojones aparecía allí
en aquel preciso momento. La rabia lo consumía y estaba dispuesto a todo por
salirse con la suya.
Alguien
al otro lado de la puerta comenzó a gritar.
—¡Mandy,
abre la puerta de una puta vez o la tiro abajo! ¡Sé que estás en casa, veo la
luz encendida y tu coche está en el garaje!
La
casualidad hizo que Álvaro viviera en el mismo edificio que Mandy. Él era su
vecino del quinto; un tío grandote, guapo, profesor de karate en un gimnasio de
su propiedad y cinturón negro 10Dan. Además él y Patricia mantenían una
relación que estaba destinada a terminar en
boda .
Álvaro
aparcaba el coche en la plaza de al lado de Mandy, ella vivía en el segundo y
él en el quinto, aun así él subía siempre por las escaleras. Cuando pasó por la
puerta de Mandy oyó gritos y el ruido de algo estrellándose contra la pared.
Sabía que su amiga se encontraba en problemas, Pat le había contado lo de su
ruptura con ese gilipollas engreído y que por ese motivo ella volvía a ser su
vecina.
—¡Mandy,
joder! ¡Abre o tiro la puerta abajo y llamo a la policía! Hablo en serio.
Nando
ordenó a Mandy que abriera, conocía a ese tío lo suficiente como para saber que
no se andaba con tonterías y que no amenazaba en vano. No podía jugársela con esa
bestia humana, se escondió en la cocina mientras ella conseguía que se
marchara.
Mandy
abrió la puerta asustada, temblorosa y desencajada.
—Hola,
Álvaro. No he escuchado el timbre.
—Mandy,
¿todo va bien? —indagó preocupado.
—Sí,
no te preocupes, luego te llamo —tartamudeó poco convincente y con el terror
impreso en su cara. Sus ojos no dejaron de pedir auxilio.
Álvaro
la observó, sabía que todo era mentira y tenía que averiguar qué era lo que pasaba.
Si Pat se enteraba que no lo hacía, le cortaría los huevos.
—Vale,
aun así voy a pasar.
—No, déjalo.
—Insistió ella cada vez más asustada.
Álvaro,
con delicadeza la apartó y abrió la puerta, en ese mismo momento, una sombra
que se movió en la cocina llamó su atención.
Miró
a Mandy y le preguntó en voz baja:
—¿Ese
cabrón está aquí?
Ella asintió
con la cabeza.
No
necesitó saber más en dos zancadas se plantó en la cocina frente a Nando. Su
mirada desprendía furia. Sabía que debía controlarse, él podría matarlo de un
solo puñetazo si quisiera, pero esa no era la filosofía del arte marcial que él
practicaba. Pensó al controlar la respiración y la ira.
Cuando
lo tuvo todo bajo control le bramó:
—¡Eres
un cobarde, cabrón, te quiero fuera de este apartamento antes de que parpadee
dos veces! Y te juro que si te vuelvo a ver cerca de ella o le tocas un pelo de
la cabeza, habrás firmado tu sentencia de muerte.
Nando,
acojonado guardó las apariencias y sonrió con frialdad mientras decía:
—Musculitos,
tranquilo. Ya me iba. Pero esto no quedará así.
Álvaro
lo miró penetrante y repitió sus palabras:
—Ni
un pelo, ¿me oyes? O te juro que no respondo.
Nando
atravesó el salón, pasó por al lado de Mandy y sin dejar de sonreír le advirtió:
—Nena,
tendrás noticias mías.
Y
guiñándole un ojo se fue, como si allí no hubiera pasado nada.
Pero
¿qué le pasaba a ese demente?
Álvaro
se acercó a Mandy y la abrazó para tranquilizarla.
—Shhhh.
Tranquila, ya pasó. Estoy aquí.
Poco
a poco, la presencia de Álvaro la tranquilizó. Cuando ya estaba más tranquila
le contó lo sucedido y él le hizo prometer que si necesitaba cualquier cosa
acudiría en su busca. Ella se lo prometió y, tras quedarse sola, decidió tomar
un baño y poner fin a ese día tan penoso.
Nando
salió de casa de Mandy con un cabreo de mil demonios. Había vuelto a perder el
control, si no hubiera llegado ese maldito musculitos, a saber qué habría sido
capaz de hacerle a Mandy.
Sabía
que la había perdido, pero oírle a ella decir esas palabras le enfureció. Él la
quería, pero ella se empeñaba en ser tan perfecta, en no entender que por un
poco de coca no pasaba nada, en no querer practicar con él otro sexo algo más
divertido y excitante. Pero si quería recuperarla ese no era el camino. «Joder,
puto día de mierda», se dijo mientras se dirigía al bar de siempre. Necesitaba
una raya para pensar con claridad y quizás se desahogaría con alguna de sus
amiguitas a las que les gustaba jugar tan duro como a él.
❤❤❤
Ese lunes
por la mañana, Mandy no debía ir al hospital al ser su día libre. Desayunaba
tranquila cuando su móvil pitó. Era un WhatsApp privado de Pat.
·
Hola,
guapa, tenemos que hablar.
Vaya,
Alvarito se fue de la lengua.
·
Hola,
¿qué pasa perla?
·
¿Hoy
trabajas?
·
No,
tengo fiesta.
·
Pues
entonces quedamos en la cafetería de siempre.
·
¿No
podemos hablar por aquí, Pat? Estoy cansada.
·
No,
quiero hablar contigo en persona.
·
Vale,
en media hora estoy allí.
Al
entrar por la puerta de la cafetería, Sergio la saludó como siempre.
—Hola,
cariño, ¿qué te pongo?
—Una Coca-Cola
Zero, por favor.
—Marchando
esa Coca-Cola para mí doctora juguetes.
Ella
sonrió. Él siempre la llamaba así, tenía una sobrina pequeña que le encantaban
esos dibujos animados y siempre los veían juntos. Un día, cuando Sergio le
contó que tenía una clienta en el bar que era pediatra, su sobrina le dijo que
entonces sería como la doctora juguetes y a Sergio le hizo tanta gracia que
desde ese día la llamaba así.
Tomó
asiento y Pat entró con cara de pocos amigos.
—Hola,
Pat, ¿no trabajas hoy?
—Sí,
pero le dije a mi jefe que saldría una hora para ir al ginecólogo.
—No
está bien mentir a tu jefe Pat. —Bromeó nerviosa.
—¡Que
le den! Esto es mucho más importante.
—Entonces
vamos a ver, ¿qué es tan importante? —le preguntó.
—No
me lo puedo creer, ¿después de lo de ayer en tu casa, haces ver que aquí no
pasa nada? Pero guapa, ¿a quién quieres engañar? Álvaro me lo ha contado
—informó algo indignada.
—Bueno,
no sé qué te ha contado Álvaro, pero no es nada del otro mundo. Cometí el error
de dejar pasar a Nando. Discutimos, se puso a gritar y llegó Álvaro. Ya está,
fin de la historia.
—¡Y
una mierda! —gritó furiosa—. Él estaba fuera de sí, estampó un jarrón contra la
pared, amenazó a Álvaro y te dejó asustada y jodida. ¿Eso no es nada del otro
mundo? ¡Eso es muy serio!
»Llevo mucho tiempo observándote, me callo porque no
quiero meterme en algo a lo que no quieres darme acceso, pero joder… ¡somos
amigas! Más que eso, eres como una hermana para mí y sé que con Nando las cosas
no son lo que parecen. Que pillarlo con la puta esa fue no poder ya negar por
más tiempo lo evidente, pero mi niña, tú no estás bien y si quieres que te diga
lo que opino, Nando te maltrata desde hace tiempo.
—Él
nunca me puso la mano encima —protestó.
—Mandy,
hay muchas formas de maltrato. Y tú lo sabes.
—Lo
sé, Pat, pero no quiero hablar de ello. No estoy preparada, quiero odiarlo,
despreciarlo y no me es fácil.
—No lo
vas a perdonar. Sé que dar el paso te costó, pero ahora para atrás ni a coger
impulso. Sácatelo de la cabeza. Ya te hizo mucho daño.
En
ese momento sonó su móvil, era una llamada de José, su enfermero.
—Niña,
guapa, ¿cómo amaneciste?
—Hola,
hombretón, estoy bien.
—¿Cómo
se te ocurre llamarme hombretón? ¡Si a mí me gusta más un chorizo que un cubata
a una fiesta!
—Eso
será...—dijo Mandy entre risas. José siempre la hacía sentir bien—. ¿Qué pasa
por allí?
—No
te lo creerás, pero casi me da un paro cardíaco cuando hace un rato ha abierto la
puerta ese pedazo de morenazo de ayer. Por un momento he pensado que venía a
pedirme chiqui-chiqui —explicó, lo
que provocó la risa de Mandy de nuevo.
—Y
seguro le habrías dicho que sí.
—Por
supuesto, niña. José no perdona ni borracho a un griego de danone.
—Pues
nada, date el gusto.
—¡Mis
ganas! Preguntaba por ti, mi niña —le comentó y Mandy no creyó lo que escuchaba—,
para darte las gracias en persona. Le he dicho que hasta mañana no vendrías y
que entonces le darías en persona el parte del niño. Mi niña este puede ser tu
clavo.
—Déjate
de tontadas, para clavos estoy yo. —respondió y rio a carcajadas—. Te dejo,
guapo, que estoy con Pat y me mira con cara de pocos amigos.
—Dile
a la resalá esa que cuando quiera nos
vamos a bailar merengue. Besos mi niña.
Mandy
colgó el teléfono y volvió a prestarle atención a su amiga Pat, que aún estaba
algo enfadada.
—Bueno,
a lo que estábamos —dijo Pat.
—Sí, lo sé —se quejó Mandy—. De acuerdo, no
voy a volver con él y lo voy a olvidar. Te prometo que en otro momento te
contaré todo, pero hoy no soy capaz Pat.
Capítulo 3.
Ese
martes salió hacia el hospital convencida de que llegaba el momento de contar a
las chicas la parte de la historia que no conocían, pero le daba vergüenza. Fue
muy duro disimular y solo su mentor, ahora jefe de pediatría, el doctor Alfonso
Perea, sabía una parte de la historia.
Llegó
al hospital y se dirigió al despacho de Perea. Quería comentar con él la
situación de Hugo y lo acontecido en su última guardia. Antes se pasaría por la
UCI para que la jefa de enfermeras, Teresa, le diera los informes del día
anterior. Teresa era seria y borde, aunque con ella siempre trataba de ser lo
más cariñosa posible, lo conseguía a duras penas.
Al
entrar en la UCI vio en una cama a Hugo. El niño aún tenía respiración
asistida, pero Ana, la auxiliar de guardia, le comentó que se encontraba
estable y lo más probable era que se la
quitasen esa misma noche.
No
encontró a Teresa y fue a buscarla a la UCI de adultos. Entró en el despacho desde
el cual se podía observar toda la sala. Se le encogió el corazón cuando en una
cama vio a una mujer en estado de coma. Junto a ella estaba el padre de Hugo con
la mano de la mujer entre las suyas y su frente apoyada en ella. Pobre hombre,
la vida era muy cruel con él, su mujer y su hijo en la UCI.
Cada
día estaba más convencida de que la vida era una broma muy pesada.
Teresa
entró, le dio los informes y Mandy se fue al despacho del doctor Perea.
Cuando
llegó, de inmediato llamó a la puerta.
—¿Se
puede, doctor Perea?
—Pasa,
¿cuántas veces te tengo que decir que en privado me puedes llamar Alfonso?
—Lo
sé Alfonso, pero no me acostumbro.
—Siéntate,
te esperaba. Antes de nada, ¿cómo estás?
—Bien,
dentro de lo que me permite la situación.
—¿Algo
qué deba saber?
—Bueno…
Nando se presentó el domingo en mi casa y me pidió perdón. Le dije que todo
había acabado, se puso violento como en otras ocasiones y me amenazó. Gracias a
Dios, un amigo llegó en ese momento y la cosa no paso a más.
Mandy
bajó la cabeza. Sabía que a Alfonso no le hacía gracia la situación y hacía
años que la instaba a que lo denunciara.
—Pero
¿estás bien?
—Sí,
no pasó nada. Ayer me llenó el buzón de mensajes de voz y bueno, no sé qué dirán
pues los he borrado sin oírlos.
Perea
se levantó y fue directo a sentarse en la silla a su lado.
—Mandy,
tengo que contarte algo.
El
doctor le explicó que se había enterado de que la comisión del hospital había
recibido una denuncia por abusos sexuales de una paciente. Investigaban a Nando
y, en breve, lo suspenderían de empleo y sueldo.
Si
eso llegaba a pasar, la situación se pondría fea, sobre todo para Mandy, debido
los brotes de violencia que él tenía.
Mandy
cerró los ojos, ¿cómo podía haber llegado Nando a semejante situación? Era un
médico de éxito, todo el mundo lo calificaba de eminencia y si seguía así, en
breve lo ascenderían. Lo buscaban de los hospitales más prestigiosos. Estaba
apenada por él, sentía el sabor de una pequeña derrota por no haber sido capaz
de apartarlo de todo aquello.
El
hombre del que ella se prendó, desde luego no tenía nada que ver con lo que las
drogas y las malas compañías hicieron de él. Estaba convencida de que ya nada
podía hacer por él, que todo empeoraría y no podría evitarlo.
Salió
del despacho pensativa, le prometió a Perea que lo mantendría informado en todo
momento, debía abrir bien los ojos y tener cuidado por lo que pudiera pasar.
Daniel
salió de la UCI cabizbajo, descorazonado, nada resultaba fácil; Maribel no
salía del coma, los médicos le decían que era una mujer joven y sana pero que
todo podía pasar. Lo mismo seguía en un coma irreversible, que despertar de la
noche a la mañana, y nadie le aseguraba las secuelas que le podrían quedar. Y
encima Hugo, su niño, también estaba ingresado. La médica de guardia le informó
que el niño se encontraba estable, la rapidez con que se actuó haría que Hugo
saliera sin consecuencias de ello.
Cuando
le dieron el parte médico se quedó más relajado, aunque un poco desilusionado.
Lo cierto era que esperaba que fuera la misma doctora que lo atendió quien le
informara, pero no fue así. Por eso se dirigió a urgencias para buscarla, no
sabía por qué, era extraño que en medio de aquella caótica situación no pudiese
dejar de pensar en ella. Ni un segundo, en esas veinticuatro horas, apartó esos
ojos de su mente.
Su
decepción fue palpable cuando el enfermero le comentó que ella libraba ese día,
pero que quizá el siguiente día fuera la encargada de darle el parte.
Caminó
sin dejar de pensar en todo aquello cuando, de pronto, al pasar por al lado de
la cafetería levantó la cabeza y la vio allí.
Le
pareció incluso ver una aureola a su alrededor y se paró en seco para
observarla desde la distancia sin ser visto. La miró largo y tendido con su
coleta alta, su bata blanca y su fonendoscopio al cuello. Al lado del nombre de
la bata llevaba prendido un muñeco que era una cara de payaso. Por debajo de la
bata, que iba abierta, se le veían unas piernas perfectas. Vestía una minifalda
roja conjuntada con unas botas negras sin tacón y de caña alta. Era perfecta,
aún en la distancia y con solo mirarla, notó cómo su pulso se aceleraba y tuvo la
necesidad de acercarse a ella, de tocarla. Algo lo paró a la hora de aproximarse.
Era raro en él, nunca tuvo problemas con el sexo opuesto.
Mandy
estaba apoyada en la barra y tomaba su café pensativa después de la
conversación con Perea. Tuvo la sensación de unos ojos clavados en ella. Se
giró impulsada por una atracción que la obligaba a darse la vuelta y en ese
momento lo vio. Era el padre de Hugo,
impresionante con esos vaqueros ceñidos y un suéter negro con cuello en
uve que se ceñía a su cuerpo y dejaba adivinar su musculatura. Sentir su mirada
hizo que se ruborizara y de inmediato volvió la cabeza. Lástima que estuviera
casado, la verdad, porque era un hombre guapo que la ponía nerviosa y
despertaba en ella un instinto que nunca había conocido. «Pero no, su regla
número uno era nada de hombres casados y menos con esposas en estado de coma», se
recordó.
Aun
así se giró para verlo por última vez, pero la decepción se hizo evidente
cuando vio cómo él se dio la vuelta y caminó hacia a la salida del hospital.
Sacó
el móvil y envió un mensaje a las sex.
Llegó el momento de ponerlas al día de la situación. Ya no podía seguir con
todo eso ella sola.
Esa noche
se reunieron en casa de Ro. Alberto estaba de viaje y Ro no tenía con quién
dejar a la niña. Cenaron juntas y más tarde Ro se llevó a Aitana a la cama, que
tras dos cuentos y cuatro o cinco canciones, se durmió y permitió a su madre sentarse
con ellas.
Mandy
comenzó a hablar:
—Chicas,
lo primero deciros que me cuesta mucho lo que os voy a contar. Sé que os enfadará
el hecho de que lo haga ahora y no años atrás, pero aunque no sea excusa, me
daba vergüenza y siempre pensé que podría cambiarlo.
—¿Qué
pasa Mandy? ¿Qué te daba vergüenza y qué podrías cambiar? —preguntó Ro.
—Dejémosla
hablar —intervino Pat que, más o menos, sabía por dónde iban los tiros.
—No
sé por dónde empezar… —se lamentó Mandy, a la vez que algo nerviosa se mordía
el labio. Le costaba narrar aquello.
—¿Qué
tal por el principio? —la animó Julia.
Empezó
a contarles lo que Pat ya sabía pues Álvaro se lo había contado. Luego les dijo
lo que Perea le había explicado esa misma mañana. Después, comenzó a contar
cómo comenzó todo.
La situación
comenzó muy poco a poco. Nando tenía mucha presión en el trabajo, llevaban dos
años juntos y su relación parecía no ser tan idílica como al principio. Ella se
decía que eso era algo normal, todas las parejas superan pequeñas crisis. Nando
empezó a esnifar coca de manera esporádica para poder soportar los largos
turnos de guardia. Aunque Mandy no se enteró de eso hasta mucho tiempo después.
Ella
lo notaba raro, su carácter cambiaba. Por la mañana, cuando despertaba, era el
Nando que siempre había conocido: atento, cariñoso y algo zalamero, pero
conforme avanzaba el día se convertía en un ser irritable, descontrolado y
malhumorado.
Una
noche cuando Mandy recogía la ropa, para poner una lavadora, sacó del bolsillo
del pantalón de Nando dos preservativos y una papelina de coca.
Lo
primero que le sorprendió fueron los preservativos. ¿Por qué Nando llevaba dos
preservativos si ella tomaba la píldora? ¿Y la papelina de coca?
Salió
al comedor con ello en la mano.
—¿Me
puedes explicar por qué estaba esto en tu bolsillo?
Él se
quedó perplejo e intentó reaccionar lo más natural posible.
—Cariño,
¿no pensarás que eso es mío, verdad? Cielito, ¿para qué voy a necesitar yo dos
gomas si tu usas la píldora? Y la coca, sabes que yo no necesito semejantes
estímulos. Tú eres mi estímulo.
—No
me has contestado, Nando. Y, por favor, no te burles de mi inteligencia.
Cuando
Nando vio que no fue capaz de convencer a Mandy con sus palabras, cambió de
táctica.
—Vale.
Los condones son para follar con alguna enfermera cachonda que me deje hacer lo
que tú no me permites, y la coca para poder sobrellevar la agonía de vivir con
doña perfecta. ¿Contenta?
—¡Así
que ahora soy la jodida doña perfecta! —le reprochó desafiante.
Mandy
sintió cómo si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago, pues sabía que esa
vez sí decía la verdad. Se dio cuenta de lo que ocurría, como ella no quería
formar parte de sus juegos sexuales, él se buscaba su propia satisfacción.
—¡Eres
un cabrón, hijo de puta! ¡Vete a la mierda!
Y se
dio la vuelta lanzándole los condones y la papelina a la cara.
No llegó
al pasillo, él la intercepto y con violencia la lanzó contra la pared.
—¿Te
crees muy lista, verdad? —le dijo a escasos centímetros de su cara.
—No
me creo nada. Nando, suéltame, por favor.
—Así
me gusta, nena, que supliques, pero no te voy a soltar –dijo mientras la
sujetaba con una mano por debajo de la barbilla y con la otra se desabrochaba
los vaqueros—. Me he cansado de tratarte con delicadeza, hoy voy a tratarte
como la jodida calienta pollas que eres.
—¿Qué
haces, Nando? ¡No, por favor! ¡Me haces daño! —Tembló asustada.
—¿Qué
hago? —rugió a escasos centímetros de su cara—. Voy a follarte contra esta
pared y enseñarte lo que es satisfacer a un hombre. Hoy me vas a dar lo que yo
quiero, nena.
Mandy
lloró en silencio con cada embestida, sentía asco y náuseas mientras él la
besaba con furia y le mordía el labio inferior. Notó el sabor óxido de su
sangre, no soportaba el tacto de sus manos cuando recorrieron y arrancaron su
ropa. Cuando él acabó y la vio llorar, se arrodilló delante de ella al darse
cuenta de la situación y comenzó a sollozar como un niño.
—Mandy,
amor… ¡Perdón! No sé qué me pasa. Ayúdame, por favor, ayúdame —le suplicó entre
sollozos y pegó un puñetazo en la pared mientras ella se estremecía.
Lo
miró y sin decir nada arrastró sus pies hacia a la ducha. Lloró durante una
hora mientras el agua corría por su cuerpo. Sabía que Nando había abusado de
ella, pero… ¿cómo contarlo? Era su pareja, nadie la creería. Además, él estaba
arrepentido, ella lo quería y sabía que pasaba por un mal momento.
Tras
relatar uno de los peores momentos de su vida, Mandy respiró y limpió sus lágrimas.
Sus
amigas alucinaron y no pudieron dar crédito a lo que escuchaban.
Ro,
que la tenía cogida de la mano, habló:
—Pero
cielo, ¿cómo has pasado por esto tú sola? Sabes que nosotras te creeríamos.
—Lo
sé, pero no podía. Miles de veces os lo intenté contar pero fui incapaz, me
hacía daño incluso recordarlo. Era menos doloroso fingir que no ocurría.
Siguió
contándoles que después de ese incidente, ella se fue a Ibiza con la excusa de
ver a sus padres. Necesitaba pensar, tomar distancia. Fue aquella vez que él se
presentó en Ibiza para sorprenderla, fue hasta la casa de sus padres, llenó la vivienda
de rosas y gritó a los cuatro vientos que no podía aguantar la distancia porque
su corazón se paraba si ella no estaba cerca.
Aquello,
que a su madre y a sus amigas les pareció tan romántico, no fue más que un
episodio terrorífico en su vida. Pero su arrepentimiento la conmovió y decidió
darle otra oportunidad.
La
relación siguió, pero Nando continuó tomando coca. Después de ese día volvieron
a acontecer otros momentos violentos en los que él gritaba, rompía cosas o la
maltrataba psicológicamente; le gritaba que era una frígida, que no sabía que
había visto en ella, pues según él era la clase de mujer en la que nadie se
fijaba.
El
doctor Perea se enteró cuando uno de los ataques verbales fue delante de él, en
una de las salas del hospital. De ahí que fuera el único que estaba al tanto de
todo.
Como solía
pasar, él siempre se arrepentía, ella le perdonaba y le juraba que lo ayudaría.
Así pasaron los años. En cierta ocasión, incluso le propuso ir a un club de
intercambio, se negó y él le hizo un gran desprecio.
Mandy
supuso que Nando no era fiel, pero no fue hasta ese mismo día en que lo pilló
cuando su mente hizo clic y le gritó basta.
En
ese momento llegó un mensaje al móvil de Mandy.
«Amor, te extraño mucho. Estoy debajo de tu casa,
ábreme. Nando».
Por
fortuna Mandy no se encontraba allí. Las chicas se pasaron toda la noche dándole
vueltas a qué hacer y llegaron a la conclusión de que ella no podía estar sola
en su casa.
En
casa de Ro era difícil, aunque Aitana estaría encantada. En casa de Julia no
era muy conveniente, pues Mandy no quería llevar un cómputo de todos sus polvos
semanales. Lo mejor sería que, ya que Álvaro vivía en la finca de Mandy, Pat se
quedara con ella y así estaría cerca de los dos.
Mandy
despertó esa mañana tranquila, tanto como hacía años no lo estaba. Compartir
con las chicas la historia le quitó un peso de encima, sabía que no estaba sola
y que todo iría bien.
❤❤❤
Una
semana después, Hugo y Daniel estaban en la habitación de planta. El niño
estaba ya en perfectas condiciones, se recuperó del todo y estaban a la espera
de que Mandy pasara para darle el alta.
Hugo
estaba encantado con ella, durante esa semana hicieron muy buenas migas.
Siempre lo trataba con mucha dulzura y le hacía reír con sus bromas. Además,
aunque Hugo era solo un niño, no le había pasado desapercibido que a su tío se
le iluminaba la cara cada vez que la doctora entraba por la puerta. También observó
las miraditas que se lanzaban, parecían los tontitos protagonistas de esas
novelas horribles que veía Antonia por la tele.
Daniel
estaba nervioso, esperaba cada día la visita de la doctora, sin saber cómo
hacer para acercarse a esa mujer. La verdad era que sentía algo diferente por
ella, algo que no había sentido nunca por ninguna mujer. Estaba seguro de que
ella y su sobrino se dieron cuenta.
Mandy
entró en la habitación donde estaban padre e hijo, «serán difícil de olvidar»,
se reconoció. Hugo era un niño encantador y su padre, aunque estaba fuera de su
alcance, llamó su atención desde el primer día con ese conjunto de músculos que
invitaban a ser tocados y esos ojos azules que le recordaban al color de su mar
mediterráneo; ese mar de un azul intenso, ese mar peligroso y a la vez tentador.
«Céntrate Mandy, tienes que hacer tu trabajo», se dijo.
—Buenos
días, Hugo, ¿cómo se encuentra hoy mi súper héroe favorito?
—¡Muy
bien! Mi papá me ha dicho que hoy, si tú me dejas, me llevará al Bioparc a ver
a los leones.
Mandy
miró a Daniel, sus miradas se cruzaron y los dos sintieron como, si aún en la
pequeña distancia que los separaba, sus cuerpos fueran recorridos por la misma
corriente alterna.
—Bueno
cariño, yo creo que estás en condiciones de ver leones, cocodrilos, focas y todo
lo que quieras, por mí no hay problema.
—¿Y
por qué no te vienes con nosotros? Anda, porfa, please.
Daniel
sonrió al oír a su sobrino. Había que joderse con el canijo, era digno hijo de
su padre. Parecía que intentaba lanzarle un capote con la doctora.
—Papi,
¿puede venir?
—A mí
no me importa que nos acompañe.
Nada
más decir la frase se reprochó a sí mismo, «menuda frase de mierda tío, así sí
que vas tú a conquistar a la doctora, ya podías ser más brillante».
—Hugo,
no puedo. ¡Ojalá! Pero hay muchos niños malitos que necesitan que los ponga
buenos para poder ir al Bioparc como tú.
—Ohhhhh
—se quejó Hugo decepcionado.
El
niño estaba seguro de que a su tío le haría muy feliz que ella les acompañara. Aquellos
días no lo veía sonreír salvo cuando ella aparecía, a pesar de ser un niño se
había dado cuenta de ello.
Mandy
se sintió mal al ver la cara de decepción del niño.
—Pero
otro día te prometo que mi princesa Aitana, que es la hija de mi amiga, y yo os
acompañaremos a que nos enseñes ese león del que hablas.
Dicho
esto, se dirigió a Daniel.
—Daniel,
ya te he dejado firmada el alta de Hugo. Todo ha sido un gran susto, no ha
habido complicación alguna y ya está listo para hacer una vida normal. De todas
formas, con el informe que te den pasa por su pediatra habitual y ella le hará
el seguimiento.
—Gracias.
No sé cómo agradecerte lo que has hecho por Hugo.
—Es
mi trabajo, no tienes que agradecer nada.
El
silencio se hizo entre los dos, ninguno sabía cómo seguir esa conversación.
Ella quería salir de allí, él no entraba dentro de sus planes más inmediatos y
si la miraba así empezaría a dudar de ello. Él no sabía cómo hacer para poder
quedar con ella después de recibir el alta. Se quedó paralizado sin poder decir
nada y antes de que reaccionara, ella se despidió.
—Bueno,
campeón, cuídate mucho. Daniel me marcho, debo seguir la ronda. Si necesitáis
algo ya sabéis dónde encontrarme.
Dicho
eso salió de la habitación y pensó que la frase final no era acertada. En fin,
mejor así. Hombres casados fuera de las cestas, nada de frutas prohibidas.....
Si te ha gustado lo que has leido hasta ahora, no dudes en darle una oportunidad. No te defraudará.
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Gracias por llegar hasta la buhardilla y dar una oportunidad a este sueño perseguido y que comienza a ser una realidad.
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